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Sábado, 10 de octubre de 2026

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La Carpa, nuestro chiringuito de la Aldehuela

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La Carpa, nuestro chiringuito de la Aldehuela

Desde hace unas semanas cuando a eso de las 8 se termina la jornada laboral hay una frase que se repite con bastante frecuencia ¿nos vamos al Aldehuela?. La respuesta es casi siempre afirmativa; después de un duro día de trabajo frente al incansable ordenador lo que más le apetece a uno es salir y tomar un poco de aire “fresco”.


Chiringuito La Carpa
Con alegría nos ponemos nuestras ropas más cómodas, cogemos en ristre a nuestra perrita y nos vamos tan contentos a ese reducto verde del que tan orgullosos estamos los salmantinos. Ya entrando en el recinto diversos aromas nos embriagan; patatas fritas, carne asada, sepia a la plancha... todo eso es lo que mi perrita detecta con su agudo olfato y su nariz “de botón” según vamos pasando los diferentes chiringuitos. Todo un despliegue de olores e imaginarios sabores se presentan ante nosotras dos, que impacientes deseamos apearnos rápido del coche para pegarnos el correspondiente festín.

Sin embargo, nuestra parada habitual es en el chiringuito La Carpa, el único que hemos probado y con el que definitivamente nos hemos quedado. Su terracita amplia, cubierta de césped y cobijada bajo la sombra de los árboles de la zona, resulta un entorno ideal para huir de los días calurosos del verano...

Casi siempre escogemos la misma mesa, quizás por comodidad por ser la más próxima a la entrada, nos sentamos y prácticamente no nos hace falta ni echar un vistazo a la carta.


Ración de patatas bravas
El camarero, equipado con una Pda de última generación, se acerca a nosotros y con su lápiz va tecleando en pantalla nuestras peticiones: “nos pones una ración de croquetas, otra de patatas bravas y dos montaditos de panceta” “¿de beber?” “Dos coca-colas Light” (por eso de cuidar la línea).
Mi perrita, adivinando el inminente desfile gastronómico, comienza a ponerse inquieta, mientras tanto nosotros nos relajamos, al mismo tiempo que en cocina nuestras croquetas se sumergen en el aceite hirviendo de la freidora...

Apenas unos minutos después ya nos encontramos con la mesa repleta de cazuelitas de barro, nos disponemos a colocarlas para optimizar el espacio y antes de que nada se enfríe comenzamos a picotear, siempre reservando una mini porción para Candy, que no para de dar saltitos a nuestro alrededor y de mover aparatosamente su delgada cola.

Los tres nos “ponemos las botas”, pagamos y nos vamos a dar un paseo para bajar lo ingerido y disfrutar de un anochecer que hoy se nos antoja aún más bonito que de costrumbre. Candy corretea feliz por la ribera del río y nosotros sentimos que podemos comenzar el siguiente día con la pilas cargadas y con la ilusión de que al atardecer quizás volvamos a hacer una visita a La Carpa.